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Los sepulcros, entre el atrio y el altar

Los sepulcros, entre el atrio y el altar

Por JOSE MARIA TAU (*)

Hace apenas unos meses, pocos imaginaban semejantes historias de avaricia. Ese pecado capital siempre estuvo ligado con la desmesura, así como las entrañas que revientan por no poder contener todo lo que se acumula. Tal en el relato que el apóstol Pedro hace de Judas, en el primer capítulo del libro de los Hechos, aplicando al traidor un texto de los Salmos, varias veces reproducido en el arte, que lo evoca con sus vísceras desparramadas sobre la tierra. Acaso algunos lo recuerden por el relato del protagonista en la película “Hannibal”, en 2001, sobre la Piazza de Florencia.

El nuevo “reality“ (ese espacio entre ficción y realidad) que conmueve a la sociedad argentina y sorprende al mundo, parece seguir exponiendo las entrañas de la última década de Argentina, país donde cualquier intento de separar tajantemente la historia “laica” de la eclesiástica estaría condenado al fracaso, o al sinsentido.

Si el avaro se cuelga y las monedas de su apetito pueden destinarse sólo al campo de la muerte, el templo siempre ha sido, en la tradición religiosa cristiana, lugar de descanso por excelencia de los restos de los justos.

Si muchos altares guardan reliquias de los santos, el entierro cerca del altar suele una decisión ligada a la santidad de vida del difunto, o a su deseo de ser beneficiado con los sufragios. Palabras éstas quizá demasiado delicadas para escribirse fuera del contexto de la fe, de la que reciben y encuentran pleno significado.

En el presbiterio, lugar que media entre el altar y el espacio destinado a los fieles, generalmente elevado una o dos gradas, reciben sepultura (porque el Código de Derecho canónico lo autoriza) sólo prelados, abades o acaso alguna autoridad eclesiástica ligada a determinado templo. Así, sería casi obvio que las “fosas” del oratorio del (denominado) Monasterio Nuestra Señora del Rosario de Fátima, de General Rodríguez, difundidas la noche del lunes 20 en un programa de TV, irían a tener ese destino.

DIAS DE ASOMBRO

Es tal el asombro de lo que vimos estos últimos días y lo difundido sobre los visitantes de ese lugar, administrado y habitado por las Monjas Misioneras Orantes y Penitentes del Santísimo Rosario (con características algo extrañas, aun considerando que se trata propiamente de una Asociación privada de fieles, no una orden eclesiástica) que no puede negarse la posibilidad que, quien llevara los bolsos, tuviera la intención de guardar allí el dinero que contenían.

Otras personas piadosas son sepultadas en el atrio, lugar de entrada del templo.

Acaso estemos viviendo una nueva reconquista, la de una República que intenta recuperar ética pública y transparencia

Acabamos de celebrar el día de la bandera, instituido el día de la muerte de Belgrano, sepultado en el atrio de otro templo dedicado a Nuestra Señora del Rosario, en la esquina de Defensa y la avenida que lleva su nombre. El mismo pidió ser enterrado allí por no considerarse digno de que sus restos (como los de su familia actualmente) descansen el interior de esa Basílica, que depende de la orden religiosa de los Predicadores, fundada por Santo Domingo de Guzmán en el siglo XIII (de ahí, “dominicos” y “Basílica de Santo Domingo”).

En esa basílica, que con otras diez y la sede de la curia arzobispal fuera incendiada y saqueada en un episodio de nuestra historia reciente tan negro como inexplicable (para nosotros y para el mundo: no se quemaron entonces cuarteles, comisarías, ni juzgados, sino lugares de culto, donde la gente se congrega para orar, destruyéndose obras de arte invalorables) se exhiben hoy las banderas y estandartes que Liniers obtuvo de los ingleses en la primera Invasión (1806) tras una lápida que recuerda el juramento hecho por este gran patriota ante la Virgen, de recuperar la ciudad y el pabellón patrio. Testimonio de la artillería de la reconquista puede también verse hoy sobre una de las torres de la basílica.

Acaso estemos viviendo, sin armas, una nueva reconquista. La de una República que intenta recuperar ética pública, transparencia y una mínima calidad para la democracia con que fue concebida. Y no pensemos sólo en determinado relato, o lo acontecido en los años de este siglo XXI.

Al desnudar la verdad, las crisis depuran y fortalecen las instituciones.

Este año el Oscar a la mejor película fue para “En primera plana” (“Spotlight”), un relato de la investigación periodística que llevó a esclarecer los casos de pedofilia protagonizados por sacerdotes de la ciudad de Boston. Fueron condenados, debiendo la Iglesia hacerse cargo de cuantiosas indemnizaciones (que llevaron a la quiebra a esa arquidiócesis) y al visitar USA, en 2015, el actual Pontífice hasta pidió perdón a las víctimas y su familias.

Escandalo y corrupcion

Hoy el periodismo local está llevando adelante y poniendo ante los ojos de investigadores y jueces hechos de corrupción que escandalizan (escándalo es una palabra que alude a obstáculo difícil de superar, aunque también a trampa) pero nunca deben asustar, sino al contrario, anhelar y posibilitar que se llegue hasta las últimas consecuencias y determinen los responsables (laicos o clérigos), de tanto saqueo, en todos los gobiernos y jurisdicciones.

Porque jamás se debe confundir ni identificar las instituciones (Estado, iglesia, incluso partidos políticos), con los hombres que en determinado momento de su historia las encarnan, o representan.

(*) Abogado. Vicepresidente de la Asociación Argentina de Bioética Jurídica

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